La calle de las Huertas quiere alas
Corría el año 2002 cuando la peatonalización de la calle Huertas se hizo realidad. Se había logrado abrir un nuevo espacio en el centro de la ciudad libre de contaminación. Además, añadieron bellas citas de la literatura española con letras de oro sobre el nuevo pavimento para poner la guinda al pastel. Sin embargo, a pesar de lo bonita que fue esa iniciativa, había algo perverso: entre las trece citas no eligieron ni a una sola mujer.
Por eso, hoy quiero compartir citas de grandes escritoras y hago un llamamiento al final para pedir que de una vez llenen de escritoras la calle Huertas de Madrid.
Beatriz
Había una ínsula llamada de las maravillas, de la cual era señora una doncella muy sabidora en las artes. Fue tanto el su saber, que jamás quiso tomar marido, porque nadie tuviese mando ni señorío sobre ella. Esta doncella había nombre Membrina…
Ella no sabía que de los grifos de los bares saliera otra cosa que no fuera cerveza, pero aquella mañana al abuelo le pusieron delante una copa de vidrio corriente rellena de un líquido oscuro, casi marrón, un cubito de hielo y media rodaja de naranja, y él la levantó en el aire, la miró, la olió, y la hizo girar entre sus dedos como si fuera algo distinto, un nombre, un apellido, una pista preciosa, el mapa de un tesoro o un tesoro en sí mismo.
El corazón helado, Almudena Grandes
Eva
Hasta ahora las víctimas han sido bebés, o niños de cinco, diez y quince años, y ahora, si nuestras sospechas se confirman, dos jóvenes de veinte. No muy altos, no muy fuertes. Sigue siendo posible que tanto un hombre como una mujer lo hayan hecho.
El silencio de la ciudad blanca, Eva García Sáenz de Urturi
Rosa
Como dice Elena en su ensayo de «Pares e impares»: hay un rol de hombre y otro de mujer. Uno de anciano, otro de joven. Lo hay de padre y de hijo, de mujer tradicional o liberada, de loco y de cuerdo, de triunfador y de vencido. Son todos personajes rígidos, vacíos, irreales: distorsionados reflejos de personas.
Crónica de un desamor, Rosa Montero
—¡Quia! Si los que nunca han vivido en un palacio no lo quieren… Les pasa como a mí… Imagínate que en los palacios que hay en la Castellana viven ahora pobres gentes y sacan los sillones dorados a la acera para tomar el sol… y tienden sus ropas en los balcones abiertos por donde se ven las arañas de cristal llenas de polvo, todo sucio y en desorden… Están allí peor que en un campamento en medio del campo, y en cuanto pueden irse se van.
—Porque no saben apreciar el valor de los objetos de arte.
—Por eso… Sus verdaderos dueños sí sabían… En cambio no sabían que no hay nada mejor que sentarse al sol en una tarde de otoño… y secar al sol la ropa, recién lavada con agua corriente, para que tome ese perfume delicioso que le da el aire puro.
Celia en la revolución, Elena Fortún
Gertrudis
¿Dios podrá sancionar los códigos inicuos en los que el hombre funda sus derechos para comprar y vender al hombre, y sus intérpretes en la tierra dirán al esclavo; «tu deber es sufrir: la virtud del esclavo es olvidarse de que es hombre, renegar de los beneficios que dios le dispensó, abdicar de la dignidad con que le ha revestido, y besar la mano que le imprime el sello de la infamia?» No, los hombres mienten: la virtud no existe en ello.
Sab, Gertudis de Avellaneda
Él habla el castellano perfectamente. ¡Y lo escribe!… Pero no creáis que me escribe cartas de amor: me escribe en una pizarra de esas de los chicos y me la enseña… ¡Tiene cada ocurrencia!… Pone, un día, en letras de imprenta, «Si usted me mira». Borra y vuelve a poner, «No puedo estudiar», borra y vuelve a poner, «Quítese del balcón»… Me indigno, pero no me quito –borra y vuelve a poner, «Voy a tirarle una piedra»… Me indigno mucho más, quiero aniquilarle con la mirada, pero veo que esconde algo a la espalda, con la mano derecha y con la otra me hace señas –como quien espanta a un pájaro– de que me vaya adentro… Ya veis que el balcón queda frente por frente. Me echo atrás y cae la piedra en medio del cuarto. La piedra envuelta en un papel, atada al papel una rosa. En el papel, con la misma letra de imprenta, «Sin la piedra, la rosa no podría llegar»… ¿No es divino?…
Barrio Maravillas, Rosa Chacel
Manolito Gafotas, Elvira Lindo
Es aquí donde se tiene la visión completa del mundo sobrenatural que los poetas han vislumbrado en el Rhin. Tienen que vivir aquí los gnomos, entre esos árboles altos y esos bosques espesos. Aquí es donde las Náyades se revuelven en las aguas, donde juguetean y donde se revelan a sus predilectos. En la puerta misma de la galería que acabamos de pasar han grabado su nombre dos de los que las conocieron: Goethe y Schiller. Para otros, su revelación es de muerte. Esta orilla está llena de suicidios románticos. La leyenda de Loreley se repite. Los enamorados van a buscar las eternas edelweiss azules en su fondo; los desdichados el oro de un reposo eterno.
Y la de los ojos saltones decía, el padre bien muerto que quería morir malamente y tuvieron que matarle el deseo porque todo el mundo se dio cuenta enseguida… y lo tenía muy rebelde. Que no podían terminar de matarlo de tan gordo que tenía lo que envuelve el alma…
La muerte y la primavera, Mercè Rodoreda
Volar de verdad, para quien durante siglos voló sólo con la imaginación, ha de ser la más tentadora aventura de muchas mujeres.
La mujer quiere alas, Clara Campoamor
Nota sobre las citas, Rafa:
Durante el tiempo que viví en el Barrio de las Letras, me cruzaba con las grandes citas de la literatura española todos los días. Era algo muy entretenido y aunque la mayoría de las veces pasaba con prisa porque llegaba tarde algún sitio, otros días me paraba a contemplarlas, a leerlas tranquilamente y a reflexionar un poco. Te encontrabas con que mucha gente hacía lo mismo, todo tipo de gente: mayores, pequeños, más afortunados, menos, turistas, parejas de enamorados, niños, niñas, familias... En lo espontáneo que tiene siempre la calle, era fascinante ver las reacciones que iban provocando en la gente que iba pasando por allí.
Tuvieron que pasar años para que un día me deshiciera de mis estúpidas prisas y me decidiera a recorrer la calle de las Huertas desde el principio hasta el fin para poder leer todas las citas que había. Cuando terminé de hacerlo algo me golpeó. No había ni una sola mujer entre ellas.
A finales de la década de los diez, tras una larga ausencia, Emilia Pardo Bazán acudió a desfazer el entuerto y apareció la primera cita de una mujer. Hoy, en 2022, las citas de mujeres escritoras en la calle de las Huertas siguen siendo insuficientes y poco representativas de la gran humanidad, complejidad y belleza que han aportado a la literatura.
Sabemos muy bien que un pájaro no puede volar con una sola ala, así que, inspirándome en las palabras de una de mis heroínas personales, Clara Campoamor, lo diré alto y claro:
¡LA CALLE DE LAS HUERTAS QUIERE ALAS!











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