De música y ríos (de Nueva Orleans al Congo)

 


Nos trasladamos al siglo dieciocho, a la ciudad de Nueva Orleans. En esa época, el domingo era el día libre para quienes trabajaban en las plantaciones, el punto de reunión la plaza de Congo Square. La mayoría de los que iban allí venían de distintas partes de África, hablaban distintos idiomas y no era fácil para ellos comunicarse entre sí. Afortunadamente había una manera de superar esa barrera. A través de la lengua universal de la música y el baile se entendían, disfrutaban y se liberaban, aunque solo fuera por unas horas, de una pesada carga que nadie debería llevar.

Excepto por los propios congoleños, muy pocos de los que pasasen por allí conectarían el nombre de Congo con su significado original, que proviene del bantú y quiere decir montañas o río que fluye desde las montañas. Se refiere a esos conos humeantes que se encuentran en lo más alto de las cordilleras del Rift de África Oriental y que albergan, entre otras, a una especie tan única como los gorilas de montaña.

De vuelta en Nueva Orleans, echamos la mirada hacia el curso de otro gran río, el Misisipi, que, por su extraordinario caudal y su centralidad geográfica, tiene un cierto parecido a su primo africano. Hacia el año 1920, si viajabas en los vapores que surcaban sus aguas, lo harías al ritmo de las orquestas que tocaban a bordo y no hubiera sido nada raro que te cruzases con músicos como Louis Armstrong, que por aquel entonces era poco más que un joven sin una educación formal que comenzaba a dar sus primeros pasos.

Eran tiempos en los que la música, igual que las personas, se movía a través de los barcos. Los marineros que llegaban del Caribe solían llevar algo que prácticamente les quitaban de las manos en cuanto llegaban a puertos como el de Matadi, y así se sacaban un dinerillo extra. Eran discos con las últimas novedades afrocaribeñas por los que la población local se volvía loca. En los años cuarenta, tras la construcción del ferrocarril Congo-Océano que tantas vidas costó, las ciudades de Kinshasa y Brazzaville van a experimentar un gran crecimiento. Es entonces como con la llegada de la radio, la población local va a comenzar a escuchar a grupos como el Septeto Habanero y el Trío Matamoros. Una gran explosión estaba a punto de ocurrir, iba a nacer la que muchos consideran la música más influyente de África: la rumba congoleña.

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